Solemos caer en ella con inusitada facilidad. La queja está al alcance y se manifiesta por todo. Y casi siempre es improductiva. Ahora bien, ¿es posible salir de ese lugar y evolucionar hacia un estadio más productivo para nuestra vida? La respuesta es sí.

La crisis económica, el dinero que no alcanza, la inseguridad en las calles y hasta el clima que no acompaña. Todos son motivos para quejarse. Nadie dice que no. El tema es qué hacemos con esa queja.

La queja dispara hormonas que generan daño en todo el organismo. Cuando la queja es sostenida se liberan estas hormonas, aumentando la presión arterial, la glucosa y el colesterol, y esto baja la inmunidad.

El organismo tolera mucho mejor situaciones adversas breves que sostenidas en el tiempo, éstas lo desequilibran y generan todo tipo de enfermedades, además de perpetuar el circuito.

Ahora bien, ¿cuánto hay de comodidad en la queja? Quejarse brinda un permiso interno para quedarse en ese lugar conocido y familiar de no hacer nada para cambiar lo que produce enojo, frustración y displacer.
Es más cómodo quejarse que salir de ese espacio y trabajar (en mí mismo o en el universo) para producir cambios. La queja y la frustración abren la puerta a la impotencia, al ‘no poder’. Y si no puedo no acciono, o actúo haciendo lo mismo de siempre, es decir, quejándome. Tiendo entonces a victimizarme y así logro exculparme, disculparme y responsabilizar al otro o a lo que sucede fuera de mí por lo que me pasa.

Ante la queja, más que reaccionar puede servirnos accionar, es una situación a resolver. Hay que separar lo Importante de lo No Importante y lo Urgente de lo No Urgente. Si es Importante y Urgente, hay que resolverlo ahora.
Si no es Urgente, se destinará un momento para resolverlo. Si es No importante, se podrá delegar. Y si no es Urgente ni Importante, entonces podrá ser eliminado. No hay mucho más que decir, de acuerdo con el cuadrante al que pertenezca la situación, actuaré en consecuencia.