El círculo verde del bienestar. Hay tres pilares básicos que hacen la diferencia entre una planta que sobrevive y otra que crece sana y fuerte: el riego, la iluminación –que debe ser acorde a los distintos tipos (especialmente si es de exterior o interior)– y el sustrato (la tierra más algún agregado orgánico). Cada familia de plantas tiene uno ideal: de allí se alimentan y toman los nutrientes.

Huerta a mano. El secreto para que las aromáticas crezcan bien es la luz: necesitan, por lo menos, toda la mañana de sol. El lugar ideal es la ventana de la cocina (del lado de afuera o de adentro) no sólo porque ese ambiente suele estar correctamente orientado sino porque la proximidad te va a ayudar a que la uses con frecuencia.

Es recomendable acomodarlas en una maceta alargada, teniendo siempre en cuenta que algunas pueden ser más invasivas que otras porque compiten por los nutrientes. Pero, sabiendo que crece primero la raíz y después el resto de la planta, podés tomar recaudos.
A la menta, por ejemplo, envolvela en una maceta de plástico fino para que las raíces no se “desbanden”. En verano hay que regarlas todos los días, sobre todo las que son blandas como la albahaca que suele morir en invierno y resurgir en primavera. Dale tiempo para volver a crecer porque deja su semilla.

Otras, como el romero, el estragón, el laurel o la lavanda, las de tallos más leñosos o duros se pueden regar más espaciadamente, cada tres o cuatro días si hace calor. Una vez cosechadas podés secarlas al aire libre, separadas en ramilletes y colgadas boca abajo durante algunas semanas. Duran hasta tres meses, especialmente si las conservás en recipientes de vidrio oscuro y en un lugar fresco.

Juntas somos más. Como a cualquier otro ser vivo a las plantas les gusta estar juntas y agrupadas. A veces se las ubica separadas como si fueran un objeto decorativo, impidiendo que se genere un microclima propicio para que se multipliquen y se potencien.