La belleza ha sido durante los últimos tiempos, un tema sensible. Tan sensible que no es exagerado asegurar que la sociedad se encuentra en un proceso de replanteamiento sobre cuestiones que la atraviesan desde una perspectiva social, política, cultural y hasta comercial. Hoy más que nunca estamos dispuestxs a preguntarnos en voz alta qué es lindo, para quién y sobretodo, para qué. ¿Qué es lo que la belleza convencional trata de vendernos?

No fue hasta un momento muy reciente que descubrimos que cuantas más versiones tuviéramos de lo hermoso, más chances habría de encontrar bellas también nuestras particularidades. Y es que las redes sociales nos han dado la oportunidad de mostrarnos, y aunque en algún tramo de este camino, la mayoría nos hemos sentido avergonzadxs por no vernos “como se esperaba”, es cierto que también hemos sido sorprendidxs gratamente por la fervorosa acepción e incluso, identificación, de personas que nos dieron algo importante e inesperado: un nuevo espejo en el que sentirnos especiales. Ante tanta diversidad de cuerpos, pieles, actitudes, hoy parecemos no depender exclusivamente de lo que los medios dicen que es lindo, buscamos, o al menos intentamos, dar con nuestras propias tribus y referentes.

Atentos a esta búsqueda de nuevos parámetros estéticos, agencias publicitarias, marcas y medios comenzaron a cuestionarse y a ver lo que hasta ahora se negaba: que de su trabajo depende, en gran parte, la sanidad mental y el autoestima de un enorme público. Estas heridas en el ego de la industria han permitido que se infiltren nuevas miradas.