Un micromachismo hace referencia a acciones o actitudes sexistas socialmente aceptadas o encubiertas.

Las actitudes machistas más flagrantes las tenemos claras. Aquellas que, de forma manifiesta y constante, han colocado a la mujer en una posición inferior al hombre en ámbitos sociales, económicos, jurídicos y familiares. Las que consideran que el hombre y la mujer nacen con objetivos y ambiciones diferentes en la vida.

Sin embargo, pese las reivindicaciones históricas desde los años setenta y la creciente concienciación respecto a la lacra del machismo en todos los ámbitos culturales y políticos en los últimos años, hay pequeños restos que muchos (y muchas) siguen teniendo interiorizados. Son secuelas de nuestra educación y de los productos culturales que nos han formado como personas que hacen que, aunque critiquemos y denunciemos el machismo, podamos caer en algunas de sus trampas sin darnos cuenta.

La mayor peligrosidad de los micromachismos son, justamente, la forma en la socialmente están interiorizados. Es difícil señalarlos como actitudes violentas cuando el uso de la fuerza física no está presente, sin embargo, es necesario hacer conciencia de lo que estos implican.

Los micromachismos se caracterizan, por un lado, por su sutileza, en el sentido de que es algo que ha estado socialmente aceptado y que hasta prácticamente la última década nadie lo ha puesto en cuestión y ni siquiera se ha planteado la posibilidad de que sean símbolo de desigualdad.

Aunque pueden no parecer muy dañinos e incluso a menudo se tilde de irritable a cualquier persona, en la mayoría de los casos mujer, que los denuncie, son gestos, acciones, maniobras, hábitos, etc, que han inclinado la balanza de la sociedad desde hace mucho tiempo hacia el lado de los hombres.